Francisco A. Muñoz

Universidad de Granada

Instituto de la Paz y los Conflictos · Departamento de Historia Antigua

Conflictos abiertos

El conflicto se ha convertido en uno de los conceptos centrales de las Ciencias Humanas y Sociales y en particular de la Investigación para la Paz, ya que contribuye a explicar las dinámicas de las sociedades. Desde el reconocimiento de diversas cualidades y circunstancias que acompañan al ser humano se pueden comprender y explicar comportamientos de personas y grupos y, lo que puede ser aún más importante, las relaciones entre unos y otros. El interés particular de la Investigación para la Paz ha sido ver las causas de la violencia y buscar soluciones a la violencia, de esta manera el conflicto se ha convertido en la base teórica, epistemológica, y práctica de la paz y la violencia. En él descansan gran parte de las explicaciones y expectativas a la hora de dar alternativas a la conflictividad creciente.

El ser humano es a la vez naturaleza y cultura, especie, grupo e individuo, cada persona es por tanto una suma compleja de instancias supra, inter e intra personales, y cada grupo es asimismo complejo por la conjunción de estas circunstancias. Efectivamente, en el ser humano confluyen una serie de instancias antropológicas y ontológicas: animalidad, subconsciente, inconsciente, conciencia, grupalidad, comunidad, nación, estado o especie. Estas instancias son compartidas en su mayoría, lógicamente, con los grupos donde el ser humano se ubica y desarrolla sus actividades. Asimismo las comparte con el resto de la especie. Y, en consecuencia, de ellas dependen sus hábitos de vida, actitudes y conductas, aunque cada individuo pueda ejercer ciertas variables de acuerdo con su personalidad. Todo ello, en definitiva, nos define un marco conflictivo de la existencia humana.

Efectivamente, el abanico de posibilidades es tan grande que, a pesar de estar inscritos en patrones comunes diseñados a lo largo de millones de años, existen ciertos márgenes de variabilidad que se expresan en cada ser humano particular. Una de las consecuencias son los conflictos que se producen en la propia constitución del yo, por la articulación interna de sus propias posibilidades y por la relación externa con el resto de instancias y ámbitos de acción. Entre ellos hay que considerar los ordenamientos endo-grupales (lazos de consanguinidad o de familia) y exo-grupales (relaciones sociales, económicas o políticas), hasta alcanzar a toda la Humanidad. Así podemos comprender cómo se producen diversos tipos de conflictividad y cómo sus diferentes formas pueden estar interaccionadas por las simple -y a su vez compleja- razón de las relaciones personales y sociales. Para maximizar la supervivencia o la pervivencia en el orden social y natural, el individuo tiene que seguir los dictados de la especie, del grupo y de su disposición individual. La socialización y el aprendizaje de capacidades simbólicas abstractas le ayudan a dotarse de una variedad de motivaciones y sentimientos morales (a veces contrapuestas entre sí) que se complementarán con el repertorio de conductas biológicas y al mismo tiempo sociales.

En este sentido, para alcanzar sus fines, unas veces los individuos siguen conductas altruistas, filantrópicas o cooperativas, otras veces egoístas o insolidarias. Hay toda una gama de situaciones y de conductas deseables e indeseables dentro de todo ordenamiento de convivencia social. Es de esperar, por tanto, que, desde muy temprano, la valoración y detección de las conductas no deseables pudiera haber sido un elemento importante de la primigenia conciencia moral-social de los humanos. Para nosotros merecen especial atención aquellas conductas entendidas y calificadas como deletéreas, destructoras de vida o de los proyectos de vida, aquellas que producen daño o dolor a los congéneres -por extensión al yo-nosotros- y que por lo tanto deben de ser detectadas, vigiladas y evitadas.

Todo el proceso evolutivo ha dado una capacidad inmensa de percibir, sentir, reflexionar, comunicar y actuar a los seres humanos, y de enfrentarse con nuevas situaciones que pueden ser creadas individual o colectivamente de acuerdo con todos estos recursos. Con lo que la panoplia de posibilidades de que existan propuestas no coincidentes se abre bastante. Podemos experimentar, aprender e inventar continuamente nuevas situaciones que se diferencian de lo establecido, de lo conocido con anterioridad. Este es el punto de nuestra genialidad, donde aparece la capacidad de crear o inventar (herramientas, tecnologías, hábitats, formas de agruparse o nuevos alimentos). Esto es lo que nos permite iniciar una evolución basada a partir de un cierto momento en la cultura más que en los cambios genéticos. También, como se puede comprender fácilmente, es este espacio el que permite el éxito evolutivo de la especie y asimismo es propenso para que aparezcan propuestas y posiciones diferenciadas que nosotros llamamos conflictos. De esta forma, estos estadios conflictivos con los que se enfrentan las sociedades pueden ser continuos y permanentes. La variabilidad y la riqueza de tales situaciones hacen que el conflicto ante todo pueda ser entendido como una fuente de creatividad. Donde además hay que reconocer que el sustrato de evolución y socialización común facilita propuestas, proyectos y soluciones coordinadas.

Con el paso de tiempo los investigadores han comprendido que los conflictos no eran siempre un momento peligroso -antesala de la violencia-, sino que bien gestionados había muchos conflictos que en su propio discurrir habían ido siempre del lado de soluciones o regulaciones pacíficas. Es más, ahora reconocemos que la mayor parte de los conflictos se han regulado pacíficamente a lo largo de la historia. Así, los conflictos nos han acompañado desde el inicio como especie hasta nuestros días, como un ámbito de cambio, variación y elección entre diversas posibilidades. Y el éxito de la especie ha dependido de la capacidad de compartir y socializar estas divergencias y convertirlas en un recurso creativo.

Desde esta perspectiva la aceptación del conflicto es la primera condición de nuestra libertad, la aceptación de nuestra condición de animal del planeta tierra, sujeto a los avatares del universo, a los márgenes de nuestra propia capacidad de creación, de inventar, de modificar, comunicar y de asociarnos. La especie humana es partícipe de la conflictividad del universo, comparte los mismos parámetros físicos y constitutivos, a los que se le une un mayor grado de complejidad. Por lo tanto el conflicto en la especie humana está subsumido en la anterior realidad, aunque adquiera características particulares. Podríamos decir que somos conflictivos desde el inicio de nuestra historia como humanos. La cultura, que nos diferencia del resto de los animales, es desde el principio un instrumento que intenta definir los vínculos, mediar, establecer relaciones con el resto de los animales y la naturaleza y, sobre todo, con nosotros mismos. En todo el entramado de circunstancias conflictivas en las que vivimos la cultura, los valores, las normas de conducta o las instituciones, ayudan a establecer relaciones, a ordenar, a consensuar y a cooperar para abordar los diversos problemas con los que co-habitamos.

Igualmente, y en consecuencia, el conflicto forma parte del proceso de interacción social en el que los intereses de los individuos y grupos se entrelazan, se regulan, transforman o resuelven en ocasiones. Podríamos, y queremos, insistir en que es una parte esencial del complejo desarrollo de socialización que experimenta toda entidad humana en su trayectoria social. Claro está, que en el marco de ese proceso se han de producir múltiples y complejas colisiones y coaliciones que pueden favorecer futuras formas de reconocimiento mutuo (asimilar la otredad y la variedad humana), comprensión de las percepciones del otro (la inexistencia de una única verdad, de una única visión de la realidad, etc.), mera coexistencia (una tolerancia negativa al menos); o incluso, la emergencia de nuevas formas de colaboración, convivencia y mestizaje y, en ocasiones, tiene resultados destructivos y aniquiladores.

Paralelamente, por las mismas razones, las sociedades humanas, debido a sus propias dinámicas, producen desigualdades entre los individuos y las sociedades que son la base de los conflictos existentes entre ellos y a veces de la violencia. Efectivamente, existen diferencias relacionadas con la constitución física, la habilidad, los conocimientos, la sabiduría, etc. que generan desigualdades en la mutua dependencia y en el poder real para realizar o interferir en la gratificación de los deseos. Esto ha obligado a que cada sociedad articule soluciones particulares para la regulación de estos conflictos, lo que tiene su reflejo cultural e institucional y, particularmente, en los sistemas de reglas, normas jurídicas y derechos que las rigen y que, en muchas ocasiones, en la práctica no otorgan a todas las personas los mismos derechos y obligaciones. Tales desigualdades tienden a fijarse, institucionalizarse, hacerse mayores en el discurrir histórico al asociarse con la especialización del trabajo y sus valoraciones sociales. En consecuencia podríamos afirmar que no existiría historia sin conflicto, el conflicto contribuye a establecer la dinámica de la Historia.

Así se ha llegado a considerar que la teoría de los conflictos puede que sea uno de los aportes más valiosos de los estudios sociales de las últimas décadas para interpretar las relaciones entre las personas, los grupos y la propia especie. Ya que a través de los conflictos es posible comprender las redes de relaciones, el papel de los valores y las ideas, las conductas y comportamientos, la distribución del poder y los mecanismos de cambio. El conflicto es, de esta forma, un concepto central para la explicación de la dinámica de las entidades humanas (individuos, grupos y especie).

Desde nuestro punto de vista -investigadores de la Paz y los Derechos Humanos- pensamos que los diversos modelos humanos, antropológicos u ontológicos, no hacen sino reconocer la conflictividad humana e intentar dar una interpretación más o menos unitaria de la misma. Algunos modelos piensan que la tela de araña de la conflictividad humana nos enreda y atrapa hasta tal punto que nos provoca continuas disfunciones, entre ellas la violencia, de tal manera que no queda otro remedio que el uso de unas estrictas normas para que el caos no sea mayor. Otros por el contrario piensan que existen ciertas posibilidades de control de esta situación gracias a las actitudes o acciones positivas de todo este entramado. Los primeros ciertamente describen una parte de la realidad nada desdeñable, dependemos de un sinfín de circunstancias imponderables que nos son dadas, entre otras, por las leyes del universo y de la naturaleza; los segundos pueden adolecer de cierta ingenuidad en pensar en las capacidades de la cultura para superara estos condicionantes. Prácticamente nadie piensa que los humanos controlamos completamente todo nuestro devenir. La mayoría pensamos que los límites de nuestra libertad son muy grandes. Pero nuestros debates están ciertamente circunscritos al libre albedrío de nuestras pequeñas capacidades de decidir y de hacer y estar, sin necesidad de apelar a la tragedia ni a los dioses y gracias a nuestra socialización cooperativa, nos dotan de cierto margen de maniobra ante los desafíos que afrontamos.

En cualquier caso cabe puntualizar cómo nuestro libre albedrío es limitado por nuestras propias condiciones como seres procedentes de una evolución en la que la “irracionalidad” biológica y emocional es responsable de gran parte de nuestras decisiones. Este debate está siendo mantenido por muchos evolucionistas contemporáneos que pretenden alejarse tanto del creacionismo como del hombre-racional -lo que lleva implícito cierta crítica a la Modernidad- que está por encima de la naturaleza. Lo cual ha llevado a algunos a invertir la famosa sentencia de Descartes para afirmar: Existo, luego pienso. En cualquier caso se trata de encontrar el espacio real de existencia de los seres humanos desde él cual conquistar el máximo de bienestar posible sin posiciones pesimistas ni optimismos infundados.

Fuente: Francisco Adolfo Muñoz Muñoz, Joaquín Herrera Flores, Beatriz Molina Rueda y Sebastián Sánchez Fernández. Conflictos. En: Investigación de la Paz y los Derechos humanos desde Andalucía. Granada (Granada, España): Editorial Universidad de Granada, 2005. Colección Eirene.

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